No te vuelvas a ir nunca mas.

Se queda con su voz, con sus llamadas. Con sus maneras de andar, con la primera vez que le vio. Se queda con sus sonrisas y su forma de mirarla, se queda con sus besos y abrazos. Con las noches en vela mirándose el uno al otro sin pensar, sin forzar la situación sólo sintiéndose el uno al otro unidos por amor verdadero. Con su apoyo incondicional, sus caricias en el pelo a la vez que se lo retira de la cara para poder decirla que es más que preciosa. Se queda con las cartas que le escribió desde la trinchera, con las fotos en los lugares más especiales del mundo entero. Con todas y cada una de las lágrimas derramadas por el recuerdo y la soledad mientras que le tenía lejos. Aún así se queda con el día que el estomago se le encogió, las piernas le temblaban, le faltaba el aire, sus ojos derramaban lágrimas al ver en la pantalla de la televisión: Victimas en la guerra, familias que han perdido a sus respectivos familiares en Irak. Tan solo unos segundos en los que ella quería morir, no reaccionaba, la angustia la comía por dentro. Tuvo que gritar, sacarlo todo fuera. Desesperada no le respondían los dedos para llamar por teléfono, pero aún así se queda con esos momentos. Porque para bien o para mal han sido instantes en los que ella vivía por y para el, su vida, su amor, su pilar. No hizo nada para merecerlo pero la fé y la esperanza la recompensaron de una manera extraordinaria. A la noche recibió la llamada de su vida: Cariño, que soy yo, mi vida que estoy bien. Se quedó perpleja, no daba crédito, su felicidad estaba sano y salvo al otro lado del teléfono pero era incapaz de responder. Suspiro y rompió a llorar. Después de unos segundos pudo contestar con un escueto: Amor. Fueron incapaces de separarse del móvil tanto uno como la otra, después de cuatro largos meses en los cuales podrían haberse separado para siempre ¿quien iba a impedirles escuchar sus respectivas voces, amarse a millones de kilómetros de distancia? Nadie podía. Las horas se hicieron minutos en aquella llamada. Por supuesto ella también se queda con esa noche en vela en la que se sintió resucitada de la tristeza absoluta. ¡Qué afortunada! se repitió una y otra vez tumbada en la cama, deseando que llegara el momento de volver a verle, volver a abrazarle, a sentir su calor, su presencia. El, afortunado soy, pensaba también entre las nubes, en el avión de regreso a casa. Y como no, se queda con el día en el que el aeropuerto parecía las puertas a la felicidad absoluta. Fue un momento mágico, inolvidable, sus miradas volvieron a cruzarse en cuestión de segundos. Ambos sintieron esas "mariposas" como el día del primer beso. Todos los momentos juntos se les pasaron por la cabeza, soltaron sus pertenencias y echaron a correr. Parecían flotar y sí... después de tanto tiempo sin verse, después de la angustia ante la posible pérdida de una parte de la pareja, después del amor en soledad, de la nostalgia, estaban otra vez juntos besándose, se abrazaban con la fuerza con la que nunca lo habían hecho. Estaban seguros cada uno en el regazo del otro. Pero sin duda ella se queda con la tranquilidad y la paz de ese rencuentro. Una vez más el amor volvía a triunfar.
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